ultima actualización
18 de mayo del 2012
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La angina inestable (AI) representa una entidad especial que conlleva
implicancias diagnósticas, terapéuticas y pronósticas
muy complejas, por lo que su tratamiento en detalle no corresponde
a este ámbito. Sí haremos hincapié en aspectos
de la misma que la hacen particular al presentarse en un paciente
anciano.
La AI tiene un significado: agravamiento de una EC subyacente, conocida
o no con anterioridad. Integra el grupo de los llamados Síndromes
Coronarios Agudos, en conjunto con el IAM y la Muerte Súbita,
dejando relucir un probable evento agudo sobre una placa inestable.
Encierra peligros como el IAM o la muerte súbita. Tiene como
responsables a eventos coronarios primarios (accidente de placa)
o secundarios (aumento brusco de la demanda de oxígeno por
parte del miocardio y/o disminución brusca del flujo coronario,
como en los espasmos). Por ende, el pronóstico de la misma
depende de la causa que la ha originado y el tratamiento deberá
ser orientado a su fisiopatología.
Para facilitar su comprensión y consensuar el lenguaje médico se han efectuado numerosas clasificaciones de la AI. El problema es que la AI es muy difícil de clasificar de acuerdo a criterios rígidos, ya que su fisiopatología es muy compleja. De todas maneras, voy a mencionar las clasificaciones más útiles a los efectos de poder entender mejor el cuadro.
Ya en 1970, el Dr. Bertolasi y sus colaboradores dieron un paso adelante al publicar su clasificación de la AI en 6 grandes grupos:
A nivel internacional se utiliza una clasificación más simple, en un intento de estratificación de riesgos.
El Dr. Braunwald, en su clásico texto, intenta separar grupos de riesgo alto, intermedio o bajo, de acuerdo a determinadas variables que analiza de acuerdo a su implicancia pronóstica conocida, de menor a mayor:
Como se puede apreciar, las nomenclaturas y los intentos de “encasillar” a un paciente dado en un cuadro clínico que tenga “nombre y apellido” se basan en criterios que incluyen desde la simples anamnesis (dificultosa en el anciano), examen físico habitualmente “anormal”, evaluar y tratar de cuantificar la importancia clínica de sus comorbilidades habituales, interpretar un electrocardiograma basal habitualmente anormal, tratar de discernir el efecto de las drogas que se deben emplear en un sujeto que arriba a la consulta con diversos fármacos usados crónicamente, intentar evaluar una respuesta clínica en un individuo con trastornos cognitivos y emocionales que seguramente se potenciarán ante el marco de una internación, dificultades para analizar trazados de telemetría o holter en un paciente con electrocardiograma anormal de base e influenciado por drogas, enfrentarse a la casi imposibilidad real de una valoración funcional confiable debido a problemas motores, hasta el análisis de sus lesiones coronarias mediante un estudio invasivo, como es la coronariografía y, luego de todo, definir la “mejor” conducta final, teniendo en cuenta la morbilidad aumentada de los procedimientos de terapéutica por catéter y la casi inaceptable morbimortalidad quirúrgica en el grupo de pacientes octogenarios en la mayoría de los centros de nuestro país.
En mi visión personal y en mi práctica diaria, prefiero un abordaje integral del anciano, transdisciplinario y sistémico, para razonar adecuadamente frente a estos pacientes y tomar así las decisiones pertinentes para lograr un óptimo equilibrio en la relación costo / beneficio. Obviamente, aclarando que el concepto de costo y beneficio que tengo en cuenta es el expresado arriba: el que surge del balance de los criterios clínicos, éticos y económicos.
Autor: Dr. Gustavo R. Bonzón
Ultima actualizacion: 22 de Mayo de 2003